Aprehendido

Y este ha sido el verano del amor, y también el de la distancia. El de las miradas largas, las noches interminables que siempre se acababan antes de tiempo.

El verano de las mañanas, las sábanas, los desayunos en la cama. El verano de las caricias, las palmas de las manos, los experimentos culinarios. Nunca he probado un postre más exquisito. Me encanta la repostería.

Ha habido llantos, gritos, golpes, risas.

Ha sido la primavera más vacía pero también la más concreta. He sabido explorar un dolor que se me había olvidado. He descubierto que lo había comprendido y que desde entonces nunca había sido ajeno a mi. Que formaba parte de mis huesos y mis extremidades.

Y he aprendido que la piel tiene más memoria que cualquier elefante grande y arrugado. Lo aprendí aquella vez en una discoteca oscura, cuando tu mano me pidió que saliese a bailar después de meses de silencio. Lo aprendí cuando millones de imágenes vinieron tronando de entre tus poros y el flujo de tu cuerpo recorrió el mío.

Fue el fin de invierno más dilatado que he tenido el placer de vivir. Los días contados, la excitación en las puntas de los dedos. Los besos robados, la culpa bendita. Qué largo se me hizo el final del invierno, qué excitantes las miradas diluidas en el público. Los abrazos eléctricos, los cafés cargados de gestos a escondidas y noches que empezaban de madrugada y acababan al mediodía.

Ha sido el verano de Madrid. Ha sido nuestro verano.

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