Es complicado ponerme frente a ti y serte franca. No quieres perderte esto que llaman historia.
Pues bien, yo soy tu historia y tienes que tomarme entre tus brazos, acunarme, besarme, amarme hasta que te quedes sin aliento. Se que a veces nuestros cuerpos se rozan y sientes la vibración. Estoy segura de ello porque a mi también me ocurriría de tener un alma que pudiese estremecerse.
No deseas pararte y observarme y un día mirarás atrás y te darás cuenta de que sólo yo te he he aceptado como eres, en tus momentos más bajos, en tu condición más rastrera. Con los ojos cerrados y el corazón en vilo me he dejado guiar por tu tacto y te habría querido en tu constante evolución, me habría adentrado contigo en ese crecimiento vertiginoso al que se refieren como adultez. Y lo habría hecho sin dudarlo.
Eres débil, cobarde y aniñada. Te quieres por encima de todo, pero eso no puedo reprochártelo porque tampoco para mi hay nada más valioso que tú. Te miras con ese pelo lacio, esa sonrisa burlona y esas pupilas mediocres que derrochan cinismo y encanto a partes iguales y se que piensas que nunca antes se ha logrado una imperfección más atractiva. Tus rasgos vulgares sobresalen entre la multitud de gestos extraordinarios que te rodea. Y yo sólo puedo quedarme cerca y dejarme guiar tratando de cuidarte de una hostia que, de seguro, te vas a pegar un día de estos.



