Tenemos que aferrarnos a esos momentos como si nos fuera la vida en recordar. Porque si se escapan nos van a faltar extremidades para volver a atraparlos y cuando se desvanezcan, el frío va a ser tan insoportable, el vacío tan inmenso, que vamos a sucumbir a ellos.
A la hora de abrir los párpados (que pueden o no estar siendo acariciados por un sol tardío y moribundo) que la memoria no te falle. Que las imágenes no se disipen, que los aromas permanezcan.
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