Ocurre en ocasiones que Z tiene miedo de quedarse muy quieta y muy callada cuando la noche está ya bien entrada y el sueño guarda silencio. Teme oirse pensar, descubrirse explorando memorias ajenas o imaginar mundos demasiado estrambóticos como para ser biológicamente recomendables. Tiene espasmos de juventud cuando sus párpados arrugados se cierran sobre las vistas y las pestañas superiores visitan a las inferiores para susurrarles historietas mal escritas. Cuando aún era joven sus sueños de grandeza, sus ambiciones mal ocultas y los secretos que ambos habían compartido no habían permitido que las reflexiones llegasen muy lejos, pero ahora que todo tocaba su fin la pobre Z no encontraba motivo alguno para retrasar el momento de detenerse a pensar en ello.
Los transeúntes con los que se chocó en todas las estaciones de metro de todas las ciudades que había conocido, los compañeros de melodías junto a los que había tarareado en conciertos multitudinarios, los demás pacientes de las salas de espera a las que su cuerpo a medio desgastar la había arrastrado, los muchachos que la habían observado desde los rincones oscuros de los lugares donde su cuerpo había salido a vibrar… todos sus figurantes, extras y secundarios estaban ya conociendo un fin que no andaba lejos.
Él se había apeado para continuar caminando y cuando Z, agotada de vivir, le dio la espalda un momento, echó a correr como alma que lleva el diablo. Deseando reaparecer al volver la esquina, no había supuesto que ese breve respiro le supondría un gran rodeo que tal vez nunca llegaría a término. Lástima que el caminante número dieciséis, y no él, fuese el más vano y el más longevo.



