Me resbalas de una forma incómoda. Los párpados me pesan y a estas alturas (a tantos miles de pies) sobran las palabras. Te miro de lejos y siento un inmenso rugir de tripas y entrañas mientras tus promesas valen ya tan poco que ni siquiera dejan mal sabor de boca. El frenesí, la velocidad, la vibración de mi cuerpo, se hacen pequeños a medio plazo y cuando creo que voy a lograr alcanzar alguna similitud con lo que fuimos, me paro en seco frente al mundo (o más bien, se para él frente a mi, me estudia) y comprendo que me ha absorbido, asimilado y masticado de tal modo que no cabe duda de la dirección que todos hemos tomado.
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