Ha ocurrido ya muchas veces que trato de hacerme oir por encima del ruido que hacen mis pensamientos cuando ya hace rato que la casa duerme. El papel sigue en blanco, porque he vaciado las letras en otra parte. Y las sábanas hoy se me antojan demasiado grandes.
Durante todas las horas de luz y lluvia he sabido que la noche se cernía sobre mi, que me estaba haciendo la distraída. Que llegaría el momento en el que tendría que instalarme frente a ti, sacar las palabras y acostumbrarme a esta recién adquirida inmensidad.
Los poros se alejan inexorablemente de aquí adentro y no queda ni un solo trazo de tu presencia. Lo físico se desvanece dando lugar a recuerdos que nunca han dolido y no parece que vayan a doler.
La velocidad que estás cogiendo me da un vértigo apabullante, me llena de energía y pinta muy brillante el porvenir.
Cuando algo se acaba siempre se queda flotando en el aire lo que podría haber sido. Y así es como la nostalgia vendrá a visitarme, en forma de este recuerdo y de ningún otro.





Me quedo con el pie de foto, pero yo creo que eso solo ocurre en algunos casos, cuando aun queda la incertidumbre del “y si…?” otras veces lo etéreo tiene consistencia y peso, el suficiente para que no sea posible ni media palabra más.
Cuidao con los zombies! jajaja
Qué exagerado, Manuel. Siempre hay sitio para media palabra más. Simpre queda la duda de si cabe media palabra más.