Imaginada
Cuando un despojo de felicidad asomó entre tus labios tontamente, queriendo ser sonrisa.
Y cuando empezaste a manipular los resortes necesarios para que mi euforia hiciera lo propio.
Entonces sentí (por primera vez sin cerrar los ojos) que el suelo se desvanecía. Y la basta superficie del humedal se deshacía entre mis piernas, empapándolo todo.
Euforia privada, pero contagiosa.
Privada porque sólo yo guardo, en secreto, el motivo del entusiasmo. Contagiosa por la sonrisa que me imprime, y las lágrimas que me enjuaga.

“Las personas que no han estudiado la cuestión se exponen a dejarse inducir en error”
Lord Raglan