Recuerdo cuando decía que la Times New Roman me inspiraba…
Se agachó para atarse el cordón del zapato y descubrió un nuevo arañazo en su superficie de cuero, uno que no había visto antes. Se lamió la yema del dedo para pasarla por encima del surco superficial que observaba, por si acaso era solo suciedad. Pero no. Los zapatos habían andado kilómetros, estaban ajados y estropeados. Donde el material no se desconchaba y caía a trozos, las rozaduras desgraciaban la vista. Los cordones estaban tan deshilachados que temía apretarlos demasiado por miedo a terminar con ellos de una vez.
Esta luz, dijo, le recordaba a aquellas mañanas retozando con Max en el sofá. Hacía mucho, cuando sus mejillas aún poseían la tierna propiedad de sonrosarse de emoción (y no rubor, que aquello seguía acompañándola).
No sé por qué, pero sonrío ampliamente de cara al sol. Luego, cuando extendió los brazos, pude divagar acerca de la razón de su sonrisa. Era bella. La sonrisa, digo. Las comisuras se curvaban impecablemente hacia arriba y los labios carnosos dejaban entrever un brillo tenue intentando escapar de su boca. Su voz cantaba emocionada cuando habló. Aunque no dijo más que una frase mientras sus dedos caminaban por mi antebrazo. “Esta luz… me recuerda a las mañanas que me acurrucaba junto a Max en su casa, en el sofá”.
Después de que se pusiese el sombrero y se diese la vuelta, la miré caminar unos metros, me di la vuelta y le pregunté al sabor del café si la volvería a ver. “Bien sûr” habría sido una buena respuesta.

Diciembre 17, 2008 a 8:40 pm
Encantador, en tu línea.