24

Oscuridad con tus ojos en mi nuca. Sólo el leve resplandor de un fósforo vacilante frente a mi oreja izquierda y la mano insegura que tantea mi hombro. Mano cuya muñeca apenas llego a intuir.
¿Dónde te escondes, música?
Estoy aquí, detrás de ti. ¿Acaso no me sientes?
Un mero soplo de aire fresco flota entre los mechones de pelo más largos, que sabe a miel entre mis párpados. Y la lluvia, que debería golpear los cristales, los atraviesa limpiamente. Mr. Dalloway espera tras la puerta a ser atendido, y no hago más que preguntarme a qué se debe el cosquilleo que adivino entre los dedos de mis pies.
Uno tras otro, los placeres van muriendo y encuentro el camino tembloroso entre ruegos y preguntas que me hacen anhelar una respuesta, sólo para añorar la antigua duda cuando ésta se resuelve. Estrías de sabores que sucumben al sueño y no me dejan pensar con claridad, nublan mis sentidos, y la neblina esta tan al fondo, que apenas puedo oír mi propio parpadeo.
(Decidida, con nota de dolor en voz). Vete, música. Ya no te quiero.
Se dio la vuelta. La mano, soltó mi hombro. Cabizbaja (comprendí) cerró la puerta al salir.

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