Historias beodas.

Monet

 

 

HISTORIAS BEODAS

 

Joaquín Anastasio

 

Galende era de un pueblo minero pero quería ser marino y filósofo. Era mi compañero de pupitre en mis últimos años de instituto a mediados de los setenta en una ciudad castellana. Era el primer asturiano que yo conocía y lo más parecido a un hippy que hubiera visto hasta entonces. Los dos nos pirábamos la última hora de clase por la tarde para irnos a escuchar a los Rolling Stones en las máquinas de música de algunos bares marchosillos cerca de la plaza. “It’s only rock and roll, but I like it”, canturreaba Galende apoyado en la barra del bar en un ingles primitivo pero de aceptable aire ‘jaggeriano’. Bebíamos cerveza pero él añoraba la sidra. El me puso al corriente de que la sidra tenía muy poco o nada que ver con aquello que tomaban en mi casa por Navidad. Y que se trataba de un caldo tan especial que no soportaba el exilio, que perdía su cuerpo y su alma en cuanto cruzaba el Puerto de Pajares. “En la meseta no la vas tomar  nunca. Si quieres probarla tienes que venirte a Asturias”, me decía como si me hablara desde su propia tierra. Como para darle la razón le conté que en la carretera a mi pueblo había n bar que se llamaba “El Chigre” y cuyas especialidades eran… la tortilla de patata y las jarras de cerveza con gaseosa.

El barrio gótico barcelonés acogía con asombro los viernes por la noche a una multitud de estudiantes ociosos, proletarios sin revolución, oficinistas liberados y el más variado lúmpen de la época empeñados todos en emprender una loca carrera hacia la borrachera que casi siempre acaba en meta. Probé por primera vez la sidra una de esas torcidas noches de la Barcelona postfranquista en que la gente se situaba en algunos de estos  dos grupos irreconciliables: los partidarios de “On the road”, y los irredentos de “El lobo estepario”. Fue en un bar de la calle Ancha cuyo suelo daba una idea de la impericia escanciadora de sus clientes. Brindé con mi primer culín a la salud de Galende y no pude evitar una cierta sensación de traición. Aquel trago debía haberlo tomado con él en algún chigre asturiano. Me pregunté si aquellas botellas sin etiqueta habrían sido capaces de resguardar en el exilio catalán las esencias de las que me habló mi amigo. En todo caso, la noche no estaba ya para exquisiteces.

Algunos años más tarde, en mi primera visita a Asturias, la pista de Galende había desparecido por completo. Crucé su pueblo por carretera y recordé los años del instituto. Ese mismo día, junto a otros asturianos de buen tomar, comprobé por fin, y sin reservas, las delicias del caldo manzanero que Galende añoraba aquellas tardes de novillos escuchando a los Rolling Stones.

 

Madrid, junio de 2008

 

 

 

 

 

 

 

 

2 comentarios para “Historias beodas.”

  1. oh si. I see…
    Dont understand a word! what about a little of english?
    cya

  2. When you learn English, I’ll write in English.
    dding.
    Miss you too.

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