
Desnuda frente al espejo, miro mi relfejo con tristeza. Bajo la luz mortecina y fría del fluorescente me parece un cuerpo ajeno y extraño. Me siento una intrusa, una ocupa de envoltorio que admiro con la cabeza inclinada y el semblante serio.
Observo y veo el lunar en la cadera, mi pecho subir y bajar con mi respiración. Recorro la forma de mis senos con el dedo índice estirado y tembloroso y me estremezco bajo su tacto ligeramente cálido.
Cierro los ojos, acaricio mi piel… el vientre levemente abultado, deteniéndome un momento en el ombligo. Cuento las costillas con los dedos. Cuando de nuevo mis párpados se abren, dejando al descubierto unos ojos vidriosos, de color indefinido y tal vez demasiado pequeños, mi vista se fija unos segundos en el abundante vello púbico, para luego deslizarse hasta mis muslos. Pálidos, muy pálidos.
Y vuelvo a estremecerme bajo mi propio tacto, sabiendo que no es el tuyo. Recordando que no vas a volver a recorrer las curvas que me envuelven con tus manos ásperas y calientes. Aborreciendo cada centímetro de mi piel suave porque soy yo la que tiene que apaciguar mi llanto, mermar mi propia soledad.
Las lágrimas no consuelan. No hacen compañía a mis mejillas cuando faltan tus labios. No hacen compañía los recuerdos. Los recuerdos ya sólo duelen.