Y recrearme en él

Como me gusta recordar, como me gusta forzar ese sufrimiento que demuestre que tú y yo existimos una vez, que fuimos más felices de lo que cualquiera pueda esperar ser.

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Aprehendido

Y este ha sido el verano del amor, y también el de la distancia. El de las miradas largas, las noches interminables que siempre se acababan antes de tiempo.

El verano de las mañanas, las sábanas, los desayunos en la cama. El verano de las caricias, las palmas de las manos, los experimentos culinarios. Nunca he probado un postre más exquisito. Me encanta la repostería.

Ha habido llantos, gritos, golpes, risas.

Ha sido la primavera más vacía pero también la más concreta. He sabido explorar un dolor que se me había olvidado. He descubierto que lo había comprendido y que desde entonces nunca había sido ajeno a mi. Que formaba parte de mis huesos y mis extremidades.

Y he aprendido que la piel tiene más memoria que cualquier elefante grande y arrugado. Lo aprendí aquella vez en una discoteca oscura, cuando tu mano me pidió que saliese a bailar después de meses de silencio. Lo aprendí cuando millones de imágenes vinieron tronando de entre tus poros y el flujo de tu cuerpo recorrió el mío.

Fue el fin de invierno más dilatado que he tenido el placer de vivir. Los días contados, la excitación en las puntas de los dedos. Los besos robados, la culpa bendita. Qué largo se me hizo el final del invierno, qué excitantes las miradas diluidas en el público. Los abrazos eléctricos, los cafés cargados de gestos a escondidas y noches que empezaban de madrugada y acababan al mediodía.

Ha sido el verano de Madrid. Ha sido nuestro verano.

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Si creías que lo que tenías era amargura…

Es complicado ponerme frente a ti y serte franca. No quieres perderte esto que llaman historia.
Pues bien, yo soy tu historia y tienes que tomarme entre tus brazos, acunarme, besarme, amarme hasta que te quedes sin aliento. Se que a veces nuestros cuerpos se rozan y sientes la vibración. Estoy segura de ello porque a mi también me ocurriría de tener un alma que pudiese estremecerse.

No deseas pararte y observarme y un día mirarás atrás y te darás cuenta de que sólo yo te he he aceptado como eres, en tus momentos más bajos, en tu condición más rastrera. Con los ojos cerrados y el corazón en vilo me he dejado guiar por tu tacto y te habría querido en tu constante evolución, me habría adentrado contigo en ese crecimiento vertiginoso al que se refieren como adultez. Y lo habría hecho sin dudarlo.

Eres débil, cobarde y aniñada. Te quieres por encima de todo, pero eso no puedo reprochártelo porque tampoco para mi hay nada más valioso que tú. Te miras con ese pelo lacio, esa sonrisa burlona y esas pupilas mediocres que derrochan cinismo y encanto a partes iguales y se que piensas que nunca antes se ha logrado una imperfección más atractiva. Tus rasgos vulgares sobresalen entre la multitud de gestos extraordinarios que te rodea. Y yo sólo puedo quedarme cerca y dejarme guiar tratando de cuidarte de una hostia que, de seguro, te vas a pegar un día de estos.

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Nos falló la perspectiva

Tenemos que aferrarnos a esos momentos como si nos fuera la vida en recordar. Porque si se escapan nos van a faltar extremidades para volver a atraparlos y cuando se desvanezcan, el frío va a ser tan insoportable, el vacío tan inmenso, que vamos a sucumbir a ellos.

A la hora de abrir los párpados (que pueden o no estar siendo acariciados por un sol tardío y moribundo) que la memoria no te falle. Que las imágenes no se disipen, que los aromas permanezcan.

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Lo que tu me arrancas

Ocurre en ocasiones que Z tiene miedo de quedarse muy quieta y muy callada cuando la noche está ya bien entrada y el sueño guarda silencio. Teme oirse pensar, descubrirse explorando memorias ajenas o imaginar mundos demasiado estrambóticos como para ser biológicamente recomendables. Tiene espasmos de juventud cuando sus párpados arrugados se cierran sobre las vistas y las pestañas superiores visitan a las inferiores para susurrarles historietas mal escritas. Cuando aún era joven sus sueños de grandeza, sus ambiciones mal ocultas y los secretos que ambos habían compartido no habían permitido que las reflexiones llegasen muy lejos, pero ahora que todo tocaba su fin la pobre Z no encontraba motivo alguno para retrasar el momento de detenerse a pensar en ello.
Los transeúntes con los que se chocó en todas las estaciones de metro de todas las ciudades que había conocido, los compañeros de melodías junto a los que había tarareado en conciertos multitudinarios, los demás pacientes de las salas de espera a las que su cuerpo a medio desgastar la había arrastrado, los muchachos que la habían observado desde los rincones oscuros de los lugares donde su cuerpo había salido a vibrar… todos sus figurantes, extras y secundarios estaban ya conociendo un fin que no andaba lejos.

Él se había apeado para continuar caminando y cuando Z, agotada de vivir, le dio la espalda un momento, echó a correr como alma que lleva el diablo. Deseando reaparecer al volver la esquina, no había supuesto que ese breve respiro le supondría un gran rodeo que tal vez nunca llegaría a término. Lástima que el caminante número dieciséis, y no él, fuese el más vano y el más longevo.

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Solían saltar juntos al mediodía

Me resbalas de una forma incómoda. Los párpados me pesan y a estas alturas (a tantos miles de pies) sobran las palabras. Te miro de lejos y siento un inmenso rugir de tripas y entrañas mientras tus promesas valen ya tan poco que ni siquiera dejan mal sabor de boca. El frenesí, la velocidad, la vibración de mi cuerpo, se hacen pequeños a medio plazo y cuando creo que voy a lograr alcanzar alguna similitud con lo que fuimos, me paro en seco frente al mundo (o más bien, se para él frente a mi, me estudia) y comprendo que me ha absorbido, asimilado y masticado de tal modo que no cabe duda de la dirección que todos hemos tomado.

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Lluvia

Ha ocurrido ya muchas veces que trato de hacerme oir por encima del ruido que hacen mis pensamientos cuando ya hace rato que la casa duerme. El papel sigue en blanco, porque he vaciado las letras en otra parte. Y las sábanas hoy se me antojan demasiado grandes.

Durante todas las horas de luz y lluvia he sabido que la noche se cernía sobre mi, que me estaba haciendo la distraída. Que llegaría el momento en el que tendría que instalarme frente a ti, sacar las palabras y acostumbrarme a esta recién adquirida inmensidad.

Los poros se alejan inexorablemente de aquí adentro y no queda ni un solo trazo de tu presencia. Lo físico se desvanece dando lugar a recuerdos que nunca han dolido y no parece que vayan a doler.

La velocidad que estás cogiendo me da un vértigo apabullante, me llena de energía y pinta muy brillante el porvenir.

Cuando algo se acaba siempre se queda flotando en el aire lo que podría haber sido. Y así es como la nostalgia vendrá a visitarme, en forma de este recuerdo y de ningún otro.

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La variable imaginada


A veces hago las cosas por duplicado, y punto.

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La flaqueza del explorador de arena

Era piel… todo piel y cuerpo y labios. Intuición absoluta, comprensión innata. Era certeramente finito y por eso trató de beber de tus poros a una velocidad inaudita que le dejó sin aliento. Rozarte el cabello al menor descuido, nadar en cada surco de tu piel, explorar toda nimia hoquedad en la que cupiese una gota de oxígeno. Dormir en tu regazo, y dejarse alcanzar. Abandonarse a la ilusión, al delirio, a la piel. Se dejó caer sabiendo que el suelo no andaba lejos, que el golpe dolería y sería contundente.

Cuando el Bereber se adentra en las dunas y se topa con un espejismo, la razón y la experiencia le aseguran lo ficticio de la circunstancia, pero siempre hay un momento (tal vez siquiera una milésima de momento) en el que el endurecido experto flirtea con la idea de realidad. Llaman a eso la flaqueza del Bereber.

Debiste haber tenido más cuidado porque un día sus párpados se cerraron bañados de certeza y despertaron absoluta y rotundamente flacos.

Sintió una nostalgia de años al ver la estela de los pinos que dejaban atrás a kilómetros por hora, mientras tenía un dejà-vu de mala calidad, gracias a percepciones a medias que se quedaban cortas imitando a lo que, según ella recordaba, fue un glorioso pasado. La música de piano con voz portuguesa sonaba pobre en comparación a los antiguos casettes que deleitaban vuestras aventuras por la carretera (ya que nunca toleraste las distracciones de segunda mientras conducías) y los juegos y las risas se sentían ajenos. Y lo eran.

Al hacerse la distancia insoportable, lo que más le pesó no fue la ausencia. Echó de menos lo que fuisteis, pero sobre todo lo que ibais a ser y se quedó en el camino. Las promesas a medio cumplir. Extrañó terrible y rabiosamente el futuro, con sonrisas torcidas incluidas y besos ocultos en el hueco de una muela. No escocía tanto la memoria de la estela que dejó aquella vez el sudor en su frente, ni el sabor de las lagrimas, ni el recuerdo de los cuerpos rozándose. Rasgó la flaqueza, en lo que creyó convertirse. Y la piel. También rasgó la piel.

 

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Vieja amiga

Siento que te conozco desde hace mucho tiempo, como si tú y yo fuésemos ancianas cuya esencia a volado a sus cuerpos pasados.

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Speaking nonsense

Me confesó al oído que era un proyecto muy intimo. Tan pequeño que sólo podía verse entornando muchísimo los ojos. Me dijo “lay, lady, lay” y que le acariciase el cuello, porque tenía migrañas. Me dijo que se iba, que se convertiría en una eterna prófuga y sólo se alimentaría de las malas intenciones. Que subsistiría a base de malicias y traduciría su subconsciente, que se pondría los cabellos azules y los dejaría siempre volar al viento. Me explicó lo locuaz que tendría que ser su amor, que cualquier loco valdría si le añadías una chispita de elocuencia al ajillo. Que la ópera le aburría aunque solo llegaba al clímax cuando se daba un La mayor especialmente consistente. Trato un día de hacerme entender, dijo después hablando de la vida, lo orgullosa que estaba de todas esas sensaciones muertas que crecían en su interior. Que soñaba con rascarme la barriga y sacar de ahí unas notas que, sostenidas, lograsen la armonía perfecta que ella no había logrado con el mundo ni sus gentes. Yo se todo esto porque me lo dijo bien cerca de la oreja, para que no se me escapase ni una sola vocal. Y me lo dejó escrito en unos post-its por si se me olvidaba. Y como se me olvidó, esta noche he tenido que mirarlos. También escribió que se marchaba a la carretera, a explorarla. Que no sabría si volvería, pero que seguramente no. Abajo, en la esquina inferior izquierda del adhesivo amarillo dibujó un monigote agarrando una maleta que me agitaba la mano y me miraba con descaro.

Tengo que pedirle a Nancy que me sirva un trozo de esa tarta de manzana.

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Revelar secretos nunca fue su fuerte.

Se sentaba con las piernas cruzadas y su mano derecha jugaba con el mechón de pelo que se le resbalaba desde detrás de una oreja. Estaba absorta en un libro de apariencia amarillenta. Un nuevo best seller internacional que le pintaba una expresión rara en la cara. El chico de pierna inquieta cerca de la barra repasaba cada costura de su vestido sin percatarse de las migas de tostada que le habían caído en el regazo y ese escrutinio casi obsceno que ella no pudo ver, le hizo revolverse inquieta en la silla mientras pasaba otra de las casi trescientas páginas del libro que la ocupaba.

Soñaba con situaciones románticas y espontáneas que le provocasen escalofríos. Y enseguida, justo cuando el último “ojalá” le salía por la oreja izquierda, se sentía avergonzada de haber deseado nada. Jamás admitiría ante nadie que se moría por un encuentro casual con cualquier chico guapo, por ejemplo, en una cafetería de barrio mientras leía. Y guapo era, efectivamente, el tipo que la miraba por encima de la montura de pasta de sus gafas. Pero ella seguía sin notarle.

Cerró el libro y empezó a escribir.

Temía enfrentarse al papel, que le devolvía la mirada expectante. Y sin saber bien qué decir aferraba un lápiz de mina blanda. Blanda porque ya era suficiente esfuerzo arrancarse las palabras del pecho, como para que encima la punta arañase el papel con ruidos estridentes que le impidiesen concentrarse.

Cada mañana se levantaba, echaba un vistazo por la ventana y pensaba: “Hoy. Hoy va a ser el día en el que todo me salga bien”. Se calzaba las zapatillas y echaba a correr como alma que lleva el diablo, temerosa de perderse algo. La mas nimia de las cosas, el más mínimo detalle. Su espontaneidad podía con ella, la arrastraba a las situaciones más inverosímiles. Y si alguien se atrevía a quejarse, a mover la cabeza con reprobación o a ponerle la zancadilla, ella se encogía de hombros y seguí acorriendo. Para no perderse nada. Y nada iba a perderse.

Le gustaba jugar a sentirse viva.

Se preguntaba cuánto de terrorífico tendrían sus sensaciones descritas para los demás. Los que paseaban las miradas por sus letras y sus fotografías, por los garabatos desfigurados que dibujaba en el reverso de los billetes de metro. E imaginó que no causarían demasiado pavor, aunque a ella le agarrotasen los músculos y la dejasen sin aliento.

La mirada juguetona, la exhibición corporal, los gestos ajenos que le producían vergüenza. Las insinuaciones insulsas que a nada llevarían. El ritual se siguió al pie de la letra y con total seguridad, un papel se deslizó en su mano. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Nueve. Nueve números. Nueveochosieteseis… de un teléfono.

Parada frente al espejo, se contemplaba desnuda y comenzaba a percibir cierto desgaste aquí y allá. No entendía en qué momento el deterioro había superado las fronteras de lo aceptable, que ella misma se había trazado. Posaba la mirada en un pecho y la bajaba lenta por el vientre, sin comprender el atractivo.

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Soy yo la sal. Soy yo. El hielo soy.

No me preguntes si te he echado de menos, porque no sabría mentir. Darte cobijo otra vez en mis pensamientos es lo peor que podría haber hecho. Has estado en la torre más alta de París, en las Cataratas del Niagara, frente a la catedral de Salamanca y contemplando la Sagrda Familia. Te he odiado en la Concha, Il Duomo de Milano, te he llorado frente a St. Paul, en Amsterdam y en Oviedo.
Quererte tanto es agotador.

Aquí sigo yo, la sal, rescatando pedazos del pasado. El carámbano sin miedo a la gravedad, la llamaban

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Una vez, hace mucho tiempo, un sueño me hizo escribir esto. Y una pesadilla borrarlo.

Y algo me ha hecho recordarlo. Reflotarlo.
Está sin tocar. Tal y como lo dejé hace ahora dos años.

Había olvidado cómo me sentía cuando te besaba. Entrega sincera, confiada. Sin reservas. Sin miedo. Y echo de menos esa transparencia que nadie más me ha sacado a caricias, ni a palabras. Había olvidado los suspiros sin esconder, lo intenso a lo que no hay por qué temer, a lo que abres los brazos. Y la boca, los labios. Los sentimientos claros, en los que no cabe duda.

Había olvidado que lo breve puede ser profundo. Que lo efímero, también es sincero. Y había querido olvidar. O tal vez la luz verde de mayo, tornándose marrón en septiembre, hizo que no recordase sentir. Que olvidase recordar.

Escupir verdades, vomitar mariposas. Es la temperatura, la época del año y esta duermevela que me ha refrescado la memoria. He sentido pena, nostalgia. Morriña. Y cariño, ternura. Intensos. Se me había olvidado que esa clase de sentimientos no se pierden, se entierran. Y aquellos que fueron translúcidos y no se escondieron, pueden volver a la vida en forma de fantasma frágil de bordes difusos y borrosos.

Ya no son vigorosos, ni rompen muros. Pero aún son ciertos porque fueron enterrados vivos, y todavía tienen fuerzas para regresar. Aún como mero reflejo ondulado de lo que fueron. Viven y respiran, sienten picor, hambre, dolor y sueño. Ya no duelen, solo otorgan felicidad. Rebosan de placer, y lo comparten. Por cada poro.

Jamás se fue, nunca pasó. Y eso, tienes que entenderlo y eres capaz de notarlo. Sólo se atenuó. Se atenuó el mundo. Tú, tu mundo y mi mundo. Yo. La transparencia. Se difuminó tanto que lo creímos esfumado. Pero la luz verde de mayo trae el reflejo y lo olvidado se recuerda. Las sensaciones que crees muertas, se te revelan sólo enterradas.

Y es gratificante, y es bello, volver a acariciar el estómago con los dedos para calmar el ahora solo suave aleteo del fantasma de las mariposas.

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Más para el papel

Aquí estoy, intrusa y mala pseudoartista en potencia (es posible, no me atrevo a explorar todas las opciones paralelas que, imagino, pueden existir) porque sólo se tomar prestado el talento de los demás y moldearlo para hacerlo mio y después abandonarlo. Estoy esperando bajo un techo de cristal y ante una taza de café semivacía a que un rastro de creatividad se atreva a acercarse por su propio pie. Sin empujones de otros. Parece que ya sólo puedo escribir acerca de mi incapacidad para hacerlo. Tomo prestados conceptos y juego a imprimirles mi firma, disfrazarlos de míos y venderlos a buen precio para adornarme el curriculum.

A veces me pregunto si eso es todo lo que importa. Imaginar y crecer para que los demás vean cuan mayor te has hecho. Aunque en ocasiones prefiera la cultura fácil y dejar de escurrirme los sesos buscando un disfrute que muchas veces no encuentro.

A menudo me sorprendo con una falta de ortografía inexplicable o un suspiro de fastidio viendo alguna pelicula de culto, o pensando en directores que puedan quedar bien sobre el papel. Recopilo frases inconexas a las que luego el mundo da un sentido por  mi.

No me digas nihilista

He intentado contagiarme de tu espíritu, llenarme de tus caricias, de tus gestos y tu contorno para poder entenderte.
He tratado de imaginarme en tu figura, de cambiarme por tus ojos y ha sido en vano.
He investigado tus latidos de la forma más empírica posible, y he bailado a tu sombra y te he sentido cantar y llorar a un tiempo.
Y cuando he llegado a ese estado de ánimo en el que sudaba, el que me transmitias desde la voz y desde la sombra, he aprendido que la juventud ni es una etapa, ni es una enfermedad.
Lo que necesito es encontrar ese conocimiento y esa comprensión recíprocos e instintivos que se basen en lo físico y me transporten.
Y es que me quema. Me escuece, esa violencia que subyace bajo cualquier sensación intensa, sea cual sea su naturaleza.

Me pidas lo que me pidas, no siempre puedo estar tan espléndida, ni ser tan generosa.

Sinsentidos atrapados al vuelo de quién sabe dónde y forzados a acompañarse eternamente mediante un mecanismo absolutamente absurdo y aleatorio. Y cientos de voces me preguntan por mi amor, mi amante, mi amigo. Por mis gritos y mis roces. Interpretan la tragedia o la sonrisa sin que yo misma haya encontrado sentido a lo que pienso.

Sueño con ser la musa de alguien, con insuflar un poco de inspiración a algun pobre diablo si yo no la tengo. Ser, al menos, el motivo de alguna expresión de arte. Ya sean odas a mis senos, canciones a mis labios o pinturas de mis dedos. Ser responsable del talento de aquel tipo del fondo con barba de semanas y gafas sucias que garabatea en un cuaderno no menos sucio al tiempo que me mira apurar el café.

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Atocha-Leganés

Siento una profunda frustración cada vez que trato de adelantarme a los acontecimientos, de darle una patada al futuro y por algun motivo científico no lo consigo. Se me escapan las historias.
De vez en cuando soy capaz de cerrar los ojos y puñados de imagenes vienen a mi cabeza. Futuras creaciones, futuros logros, unos cuantos conceptos que plasmaré de algún modo sobre el papel, la película o cualquier servilleta a medio usar. Breves instantes que desmenuzaré y describiré al detalle, cuyas nimiedades buscaré. Momentos sin memoria y sin historia que voy a acumular en un cuaderno, una carpeta de ordenador y un blog que muy poca gente leerá.
Y los voy a arrugar todos tratando de revivirlos. Corrigiéndolos una y otra vez para retrasar el instante siguiente en el que me proponga crear algo. Y al final, seguiré admirándome. Maravillándome de alguna expresión suelta que no pueda creer que haya pensado.

Atocha-Leganés. 14 de Junio de 2010.

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Del río…

Me recreo en recuerdos ajenos cubiertos de polvo y me maravillo de lo bien que te reconozco en ellos. Viejas fotos descoloridas por el paso del tiempo, libros de hojas deformadas por cuyas palabras tu vista se paseó tranquila. Ropa que cubrió tu piel y se desterró a este armario que ya nadie abre nunca. Estas mismas paredes que me observan, te cobijaron a ti tiempo atrás. Y el ruido que mis pisadas le arrancan al suelo, es el mismo que tú escuchabas al caminar sobre las mismas teselas del suelo en mosaico, solo que veinte años más joven.
Me tranquiliza pensar que estás aquí, que no te pierdo. Me acaricia tu presencia, que sigue viva a través de este baúl de trastos. He acariciado el polvo que te protegía, he respirado tu aroma en las prendas y notado tu esencia al leer las páginas amarillentas de los libros que no te llevaste. He suspirado tranquila cuando he visto tu rostro en cada retrato y tu forma de ver el mundo en todas las fotos que hiciste.
Me miro en el espejo del fondo, sentada en tu cama, y te veo allí, en mi reflejo.
Resulta muy fácil imaginarte en esta misma postura, con este mismo gesto, mirando en esta misma dirección.

 

 

Amatos_alameda

 

 

Todavía les tengo tirria a los botones y me asustan los ruidos extraños que mi imaginación se inventa en la oscuridad. Aún tengo cosquillas y robo bombones cuando nadie mira, aunque ya no me salga de la línea al dibujar.

 

Siempre ahí, siempre dulce.
Las lluvias y los besos que te he tenido cerca.

Los chillidos, las carcajadas que te he robado a punta de lápiz.

Las sonrisas, llantos y enfurruñes en que acabó el juego sucio.

Y las voces juntas…

La primera vez que viste el mar, me cogiste de la mano y me miraste asustada esperando una sonrisa tranquilizadora. Yo, procuré complacerte.

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Imaginada

Cuando un despojo de felicidad asomó entre tus labios tontamente, queriendo ser sonrisa.

Y cuando empezaste a manipular los resortes necesarios para que mi euforia hiciera lo propio.

Entonces sentí (por primera vez sin cerrar los ojos) que el suelo se desvanecía. Y la basta superficie del humedal se deshacía entre mis piernas, empapándolo todo.

 

 

Euforia privada, pero contagiosa.

Privada porque sólo yo guardo, en secreto, el motivo del entusiasmo. Contagiosa por la sonrisa que me imprime, y las lágrimas que me enjuaga.

 

 

07-diagonales

 “Las personas que no han estudiado la cuestión se exponen a dejarse inducir en error”

 

Lord Raglan

 

 

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Economía de imaginación

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- Deja de mirarme así, no lo soporto.
Y seguían tus pinceladas bañando el lienzo.
Tu sonrisa impecable y mi aire exasperado. Manos bailando con la luz, jugando con las sombras.
Empápame de colores, arráncame la blusa, déjate llevar.

Cuando olvidemos lo sucio que está el suelo, la puerta abierta de par en par y la ausencia de cortinas, el polvo se posará suave y lento sobre nuestra piel. Alaridos, lluvia, mar.
Los labios entreabiertos exhalando perfume a fresa y los párpados pesados, pestañas temblorosas.

Bebamos té helado que te escarche la garganta. Que tus besos sepan a miel. Bailemos un vals sobre la lluvia y bajemos al ático.

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Lucubra

Es perderse. De súbito, acordarse.
Dulce y húmeda.
Peor que cualquier mujer, más terrible que cualquier dolor.
Suave caricia, sedosa aún tersa.

Llórame en el hombro.

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